La Inspiración es un sentido que hay que crear y desarrollar mediante ubicación, el amor y la mística.

Todo hombre y mujer deben esforzarse en desarrollar la Inspiración, para poder servir a Dios en todas sus formas.

Un padre y una madre se inspiran para llegar al acto sexual; se inspiran al nacer su hijo; se inspiran al verlo lindo, bello; se inspiran al ver que es inteligente en sus estudios; así debería actuar todo ser humano: inspirarse para servir a su hermano, la humanidad.

Debería inspirarse frente a una planta, a una flor, un animalito, una salida de sol; en los arreboles de un atardecer, frente a un anciano que ha legado su vida por la vida; frente a un sabio que enseña lo que vive, no lo que dice.

La Inspiración nos lleva a la profunda reflexión sobre lo que somos y sobre lo que aspiramos ser.

Cuando uno se inspira en algo, es incapaz de violar la Ley; porque encuentra la razón de ser de todo.

Un santo es para imitarlo, cómo es, cómo actúa y cómo llegó a ser santo.

Un criminal y malvado es para aprender de él lo que no debemos hacer, es decir, la Inspiración nos da respuesta a tantos interrogantes, que tenemos en el diario vivir.

¿Por qué una persona se aburre teniendo salud, comida, amistades, teniendo quien lo quiera y teniendo a quien amar?

Cualquiera puede decir: “Yo no tengo quien me ame”, pero tiene comida, ropa, salud, libertad. Todas estas cosas ¿las tiene porque quiere o porque Dios se las dio?.

Muchos dirán: “Yo no tengo a quien amar”, pero van por la calle y encuentran a miles de personas, damas y varones; y aunque no lo crean, son sus hermanos, también son hijos de Dios; entonces, sí tienen a quien amar, a quien respetar, a quien ayudar: la humanidad.

Es posible que otra persona diga: “No tengo nada que dar a un necesitado”; pero, si visita un hospital o un penal, encontrará mucha gente protestando contra Dios y contra el gobierno por su situación; pero, ¿será Dios culpable de esto?. ¿Será el gobierno culpable de esto?.

Ya dijimos en capítulos anteriores que nadie paga lo que no debe.

Llévele una sonrisa a esas angustiadas criaturas. Llévele una palabra de aliento. Bríndele su amistad y dígale: “Usted no está solo, seguiré visitándolo; siento su pena porque también soy pecador”.

Recuerde hermano mío, la misericordia de Dios es tan grande, que al salir de esta situación, la felicidad le rodeará y entonces comprenderá la importancia de ser libre.

Que la paz más profunda reine en sus corazones.

V. M. Lakhsmi

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